sábado, 13 de agosto de 2016

                            
                                             EL SIMULADOR




   Si el Hindmburg hubiese llevado un bomberito, o si algún vecino hubiese acertado a pasar por ahí con un balde con agua, quizás la historia hubiese sido otra. Ese tipo de comentarios junto con la sugerencia de colocar una ventana a un sótano hicieron que el arquitecto tomase medidas y me echase del estudio. Quedarme sin trabajo era impensable en esa época, ¿qué haría entonces? Fue entonces que escuché una voz que venía del interior que me dijo, Entre o salga, pero cierre la puerta que entra frío. Entré, cerré la puerta, y luego de pedir las disculpas correspondientes fue que la vi; su belleza era angelical, una obra de arte, era  vida, su rostro parecía tallado en mármol. Me acerqué lentamente, y mientras le preguntaba su nombre mi mano, ingobernable, osó acariciar su mejilla, constatando que efectivamente su cara era de mármol y que estaba acariciando un busto de Rodó. Un señor que observaba me preguntó si estaba bien, y yo pensando que era el escultor le respondí que sí, que estaba bien, que estaba igualita a Rodó. Continué caminando y presto ingresé en una librería y para disimular le pedí al vendedor un manual para disimular. ¡Nooooo, no tengo ningún manual para disimular!, me repitió una y otra vez el vendedor mientras me guiñaba un ojo y me daba golpecitos con el codo. Yo entendí enseguida, Aaaah que pena que no tenga un manual para disimulaaaaar, y ¿dónde puedo conseguir uno?, pregunté a manera de señal de que había captado perfectamente el mensaje. El vendedor, luego de mirar hacia los costados como cuidando su palabra de oídos infieles, me dijo, Disimule. Es que para eso quiero el manual, contesté cándidamente. Disimule, repitió algo más nervioso que la primera vez. Pero es que no sé hacerlo. Estaba diciendo esto al momento en que se me acercan dos individuos de aspecto poco amigable, me mostraron rápidamente unas credenciales que no llegué a leer y me preguntaron qué estaba haciendo ahí. ¿A mí me preguntan?, respondí disimulando. A usted le preguntamos, respondieron secamente. Estoy buscando un manual para ser payaso. ¿Con que el señor es gracioso? No no, justamente para ello quiero el manual. Había logrado incomodar a los individuos con mi argucia, y cuando se disponían a contestarme el vendedor intercedió en mi favor, El señor es un buen cliente. Tales palabras parecieron calmar a las dos bestias que estaban prontas a maltratarme, tanto verbal como físicamente. Yo le agradecí al vendedor que con gesto de tranquilidad me dijo que eran de seguridad, Parecen muy feroces pero en realidad son muy amables. Le dije al vendedor que no me los podía imaginar como él me los sugería. Fue ahí que me preguntó, ¿Quiere que le diga la verdad? La forma en que me lo preguntó y el brillo en sus ojos, hicieron imposible que me negara a esa pregunta. Estos dos hombres vienen con el libro. ¿Cómo dice?, pregunté asombrado. Que estos hombres vienen junto con la compra del manual para disimular. ¿Me está diciendo que si yo compro el manual me tengo que llevar a estas dos personas a mi casa? Veo que he sido claro, amigo mío; en efecto quien lleve el libro debe llevar a los caballeros, que estarán para ayudarle a disimular, de hecho gracias a ellos usted lo hizo de maravillas. Yo no lo podía creer, al punto de que creí que todo se trataba de una broma. Por eso decidí cambiar de tema, comenzando a mostrar un interés fingido en otros materiales. Fui y vine por varias materias, llegando a casi creerme mi actuación. Saliendo de la caja, luego de haber pago una serie de libros que no me interesaban… tal era mi deseo de evitar el manual, cuando en la puerta se me apersonan los dos individuos y me extienden el manual para disimular, Tome, gentileza de la casa, dijo uno, a lo que el otro acotó, Y le vamos avisando que nos gusta cenar temprano.

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