EL SIMULADOR
Si el
Hindmburg hubiese llevado un bomberito, o si algún vecino hubiese acertado a
pasar por ahí con un balde con agua, quizás la historia hubiese sido otra. Ese
tipo de comentarios junto con la sugerencia de colocar una ventana a un sótano
hicieron que el arquitecto tomase medidas y me echase del estudio. Quedarme sin
trabajo era impensable en esa época, ¿qué haría entonces? Fue entonces que
escuché una voz que venía del interior que me dijo, Entre o salga, pero cierre
la puerta que entra frío. Entré, cerré la puerta, y luego de pedir las
disculpas correspondientes fue que la vi; su belleza era angelical, una obra de
arte, era vida, su rostro parecía
tallado en mármol. Me acerqué lentamente, y mientras le preguntaba su nombre mi
mano, ingobernable, osó acariciar su mejilla, constatando que efectivamente su
cara era de mármol y que estaba acariciando un busto de Rodó. Un señor que
observaba me preguntó si estaba bien, y yo pensando que era el escultor le
respondí que sí, que estaba bien, que estaba igualita a Rodó. Continué
caminando y presto ingresé en una librería y para disimular le pedí al vendedor
un manual para disimular. ¡Nooooo, no tengo ningún manual para disimular!, me
repitió una y otra vez el vendedor mientras me guiñaba un ojo y me daba
golpecitos con el codo. Yo entendí enseguida, Aaaah que pena que no tenga un
manual para disimulaaaaar, y ¿dónde puedo conseguir uno?, pregunté a manera de
señal de que había captado perfectamente el mensaje. El vendedor, luego de
mirar hacia los costados como cuidando su palabra de oídos infieles, me dijo,
Disimule. Es que para eso quiero el manual, contesté cándidamente. Disimule,
repitió algo más nervioso que la primera vez. Pero es que no sé hacerlo. Estaba
diciendo esto al momento en que se me acercan dos individuos de aspecto poco
amigable, me mostraron rápidamente unas credenciales que no llegué a leer y me
preguntaron qué estaba haciendo ahí. ¿A mí me preguntan?, respondí disimulando.
A usted le preguntamos, respondieron secamente. Estoy buscando un manual para
ser payaso. ¿Con que el señor es gracioso? No no, justamente para ello quiero
el manual. Había logrado incomodar a los individuos con mi argucia, y cuando se
disponían a contestarme el vendedor intercedió en mi favor, El señor es un buen
cliente. Tales palabras parecieron calmar a las dos bestias que estaban prontas
a maltratarme, tanto verbal como físicamente. Yo le agradecí al vendedor que
con gesto de tranquilidad me dijo que eran de seguridad, Parecen muy feroces
pero en realidad son muy amables. Le dije al vendedor que no me los podía
imaginar como él me los sugería. Fue ahí que me preguntó, ¿Quiere que le diga
la verdad? La forma en que me lo preguntó y el brillo en sus ojos, hicieron
imposible que me negara a esa pregunta. Estos dos hombres vienen con el libro.
¿Cómo dice?, pregunté asombrado. Que estos hombres vienen junto con la compra
del manual para disimular. ¿Me está diciendo que si yo compro el manual me
tengo que llevar a estas dos personas a mi casa? Veo que he sido claro, amigo mío; en efecto
quien lleve el libro debe llevar a los caballeros, que estarán para ayudarle a
disimular, de hecho gracias a ellos usted lo hizo de maravillas. Yo no lo podía
creer, al punto de que creí que todo se trataba de una broma. Por eso decidí
cambiar de tema, comenzando a mostrar un interés fingido en otros materiales. Fui
y vine por varias materias, llegando a casi creerme mi actuación. Saliendo de la
caja, luego de haber pago una serie de libros que no me interesaban… tal era mi
deseo de evitar el manual, cuando en la puerta se me apersonan los dos
individuos y me extienden el manual para disimular, Tome, gentileza de la casa,
dijo uno, a lo que el otro acotó, Y le vamos avisando que nos gusta cenar
temprano.

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