El otro Atila.
Milton Lagarza
anhelaba belleza y quiso plantar una rosa en su jardín, pero tenía muy mala
mano para ello por tanto la flor se secó. Otro ejemplo de su impericia a la
hora de amigarse con las plantas fue el intento, tan vano como desesperado, de
tener Margarita de Piria. Dispuesto a llevar vida a su jardín, aprovechando un
enorme eucalyptus que allí había, trasladó un nido de cotorras con la idea de
formar una gran familia, pero las cotorras se fueron rechazando por primera vez
este tipo de árbol. Entonces consiguió una pareja de conejos, que en cuatro
años tuvieron solo dos crías. En un maizal quiso criar jabalíes, pero los
animales no se adaptaron y murieron de hambre. Sin rendirse consiguió dos
hamster, que resultaron los únicos elementos castos de su especie.
Milton Lagarza
estaba muy solo, y por eso se compró una escalera... en cuotas. Él podría
haberla comprado al contado, pero el crédito le permitiría la posibilidad de
conversar con alguien cuando fuese a pagar... quince cuotas, quince charlas, un
número nada despreciable si el objetivo es hacerse de una amigo. También es
verdad que las finanzas de Milton Lagarza no eran un reluciente tesoro, ya que
hacía unas semanas había sido su cumpleaños y el alquiler de las personas que hicieron
las veces de amigos había resultado muy oneroso. Pero fue un gasto que valió la
pena ya que pasó precioso, le dieron de regalo dos repasadores, uno con un
caballo y otro con un tigre, naranja. En una primera oportunidad había
organizado una fiesta lluvia, pero se suspendió por mal tiempo. Al principio
Milton Lagarza se había alegrado que lloviese ya que consideraba a su fiesta
conectada con la energía del cosmos... hasta que un vecino le explicó lo que
significaba la condición pluvial de su festejo.
Una tarde escuchó
el timbre de su puerta, era una vecina quien llamaba, una vecina que resultó
estar completamente enamorada de Milton Lagarza, y que nunca había tenido
oportunidad de demostrárselo ya que este solamente salía a pagar sus
compromisos. Quién sabe por qué esta mujer se había enamorado, lo cierto es que
ahora estaba dispuesta a gritárselo, incluso iba con la intención de hacer el
amor si Milton Lagarza así lo quería. Pero Milton Lagarza no atendió a la
puerta, estaba durmiendo la siesta, abrazado a su escalera, y pese a que
escuchó el timbre decidió no atender y continuar meditando sobre aquello que lo
tenía tan nervioso, y era que en la tarde iría a pagar la primer cuota.




