sábado, 29 de octubre de 2016


                                 Sobre Nombres

                                       


 ¿Se puede cambiar de nombre y conservar el apodo?, fue la pregunta que recibió el funcionario del registro no dando crédito a lo que escuchaba, ¿Cómo dice señor?  Qué si  puedo cambiar mi nombre y mantener mi apodo… me quiero llamar Nieves pero quiero que me sigan diciendo Goyo, dijo Gregorio.

 Era un viernes a la tarde y faltaban quince minutos para terminar, no ya la jornada, si no la semana. El funcionario no estaba de humor para tolerar con buena cara una tomadura de pelo como la que se le presentaba, por ello resultó entendible su dura respuesta, De ninguna manera. Gregorio ante la negativa se tiró al piso y comenzó  un agudo llanto acompañado de un enérgico pataleo. Señor por favor levántese, rogó inútilmente el funcionario que espantado observaba a Gregorio establecer un berrinche de dimensiones importantes. Señor, se lo ruego, mantenga la calma, veré que puedo hacer con su pedido. Estas palabras resultaron mágicas en Gregorio que dejó de berrear  y se incorporó adoptando una actitud tan severa como solemne, Me agrada escuchar eso, dijo Gregorio mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo, que para su infortunio había sido utilizado en el  combate de un resfriado, por lo que algo de  secreción se posó en su mejilla. El funcionario no se animó a advertirle ese detalle y decidió continuarle la corriente para descifrar si aquello se trataba de una broma o no, Su pedido debo confesarle que es poco común, imagine gentes con nombre por acá, sobrenombres por acullá. Gregorio al escuchar esas palabras poco alentadoras pareció comenzar otra escena de llanto, pero se contuvo y dijo, Yo conocí a una señora que  le decían Olga y se llamaba Otto… o le decían Otto y se llamaba Olga… o era su esposo?... si si, era su esposo que se llamaba Olga, y ella Otto. El funcionario tuvo por cierto que aquel comportamiento era propio de alguien ayuno de juicio, por lo que optó ante todo por ser cordial, afectuoso, y explicarle que lo que preguntaba era una estupidez meridiana, Hace años hubo un extraño caso donde una persona se quiso anotar pero carecía de primer apellido, solo segundo y tercero, y obviamente le dijimos que no, al igual que a su inquietud. Gregorio observó al funcionario con calma, y cuando sus ojos daban luz a las primeras lágrimas dijo, Diga que en esta oficina existe ley de gravedad, si no me tiraba a llorar en el techo.

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