Sobre Nombres
¿Se puede cambiar de nombre y conservar el
apodo?, fue la pregunta que recibió el funcionario del registro no dando crédito a lo que escuchaba, ¿Cómo dice señor? Qué si puedo cambiar mi nombre y mantener mi apodo…
me quiero llamar Nieves pero quiero que me sigan diciendo Goyo, dijo Gregorio.
Era un viernes a la tarde y faltaban quince
minutos para terminar, no ya la jornada, si no la semana. El funcionario no
estaba de humor para tolerar con buena cara una tomadura de pelo como la que se
le presentaba, por ello resultó entendible su dura respuesta, De ninguna
manera. Gregorio ante la negativa se tiró al piso y comenzó un agudo llanto acompañado de un enérgico pataleo.
Señor por favor levántese, rogó inútilmente el funcionario que espantado
observaba a Gregorio establecer un berrinche de dimensiones importantes. Señor, se lo ruego, mantenga la
calma, veré que puedo hacer con su pedido. Estas palabras resultaron mágicas en
Gregorio que dejó de berrear y se
incorporó adoptando una actitud tan severa como solemne, Me agrada escuchar
eso, dijo Gregorio mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo, que para su
infortunio había sido utilizado en el combate
de un resfriado, por lo que algo de secreción se posó en su mejilla. El
funcionario no se animó a advertirle ese detalle y decidió continuarle la
corriente para descifrar si aquello se trataba de una broma o no, Su pedido
debo confesarle que es poco común, imagine gentes con nombre por acá,
sobrenombres por acullá. Gregorio al escuchar esas palabras poco alentadoras
pareció comenzar otra escena de llanto, pero se contuvo y dijo, Yo conocí a una
señora que le decían Olga y se llamaba
Otto… o le decían Otto y se llamaba Olga… o era su esposo?... si si, era su
esposo que se llamaba Olga, y ella Otto. El funcionario tuvo por cierto que
aquel comportamiento era propio de alguien ayuno de juicio, por lo que optó ante
todo por ser cordial, afectuoso, y explicarle que lo que preguntaba era una
estupidez meridiana, Hace años hubo un extraño caso donde una persona se quiso
anotar pero carecía de primer apellido, solo segundo y tercero, y obviamente le dijimos que no, al igual que a su inquietud. Gregorio observó al funcionario
con calma, y cuando sus ojos daban luz a las primeras lágrimas dijo, Diga que
en esta oficina existe ley de gravedad, si no me tiraba a llorar en el techo.

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ResponderEliminarMuchísimas gracias.
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