sábado, 16 de julio de 2016

                                    El otro Atila.



 Milton Lagarza anhelaba belleza y quiso plantar una rosa en su jardín, pero tenía muy mala mano para ello por tanto la flor se secó. Otro ejemplo de su impericia a la hora de amigarse con las plantas fue el intento, tan vano como desesperado, de tener Margarita de Piria. Dispuesto a llevar vida a su jardín, aprovechando un enorme eucalyptus que allí había, trasladó un nido de cotorras con la idea de formar una gran familia, pero las cotorras se fueron rechazando por primera vez este tipo de árbol. Entonces consiguió una pareja de conejos, que en cuatro años tuvieron solo dos crías. En un maizal quiso criar jabalíes, pero los animales no se adaptaron y murieron de hambre. Sin rendirse consiguió dos hamster, que resultaron los únicos elementos castos de su especie.
Milton Lagarza estaba muy solo, y por eso se compró una escalera... en cuotas. Él podría haberla comprado al contado, pero el crédito le permitiría la posibilidad de conversar con alguien cuando fuese a pagar... quince cuotas, quince charlas, un número nada despreciable si el objetivo es hacerse de una amigo. También es verdad que las finanzas de Milton Lagarza no eran un reluciente tesoro, ya que hacía unas semanas había sido su cumpleaños y el alquiler de las personas que hicieron las veces de amigos había resultado muy oneroso. Pero fue un gasto que valió la pena ya que pasó precioso, le dieron de regalo dos repasadores, uno con un caballo y otro con un tigre, naranja. En una primera oportunidad había organizado una fiesta lluvia, pero se suspendió por mal tiempo. Al principio Milton Lagarza se había alegrado que lloviese ya que consideraba a su fiesta conectada con la energía del cosmos... hasta que un vecino le explicó lo que significaba la condición pluvial de su festejo.
Una tarde escuchó el timbre de su puerta, era una vecina quien llamaba, una vecina que resultó estar completamente enamorada de Milton Lagarza, y que nunca había tenido oportunidad de demostrárselo ya que este solamente salía a pagar sus compromisos. Quién sabe por qué esta mujer se había enamorado, lo cierto es que ahora estaba dispuesta a gritárselo, incluso iba con la intención de hacer el amor si Milton Lagarza así lo quería. Pero Milton Lagarza no atendió a la puerta, estaba durmiendo la siesta, abrazado a su escalera, y pese a que escuchó el timbre decidió no atender y continuar meditando sobre aquello que lo tenía tan nervioso, y era que en la tarde iría a pagar la primer cuota.





2 comentarios:

  1. Alguien alguna vez dijo que hacer humor es poner algo en el lugar que no le corresponde, donde no debería estar ni esperaríamos encontrarlo. Pero cuando algo que no debiendo ser ni estar, es guiado con maestría hacia el preciso lugar que sutil e inesperadamente fue construido para él, como aquí, también es humor y, en mi opinión, del mejor. Si ya sé; el tipo no es que esté en una dimensión paralela, está en una perpendicular (doy fe, ya que somos amigos hace muchos años) y coincido con Uds, pero también coincidirán conmigo, a poco de leer las historias, de que es genial. ¡¡ Bravo cabecita!!

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  2. ¿para cuándo la historia de la vecina de Milton Lagarta? Seguro que hay algo interesante que contar acerca de ella.

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