Bob Dylan, paso
Dicen que una golondrina no hace verano, ¿pues
cuántas son necesarias para hacerlo cabalmente? Según mi tío veinticuatro, de
ahí en adelante, pero ese es el número de golondrinas que le brinda condición
estival a esa época. Estaba tan convencido de ello que una vez, prontos para ir
con su familia de vacaciones, contó solo
veintidós golondrinas, y no se fueron. Por suerte un vecino conocedor de la
situación tomó dos gorriones y los pintó con un sylvapen, y se los soltó al
costado al grito de, ¡Miren miren! A la vuelta mi tía lo abandonó, ya que no
pudo superar lo de veintidós o veinticuatro golondrinas, siendo un tema de
discusión permanente durante las vacaciones. Mi tío se defendía diciendo que,
Si el dicho fuese que un morrocoyo no hace verano no tendríamos esta discusión ya que la gente
presencia cinco, tal vez seis morrocoyos en toda su vida. Ahí mi tía explotaba
y le decía que, Debería haber escuchado a mi madre cuando me decía que no me
casara con vos, que no me servías, que eras un idiota. Y pareciendo querer
reparar ese hecho se mudó a lo de su madre, con la que no tenía buena relación
madre-hija, si amiga-hija, o madre-amiga, pero no amiga-amiga ya que no sabían
cuál era cual. Reinaba la armonía cuando se relacionaban cocinera-hija, o
madre-fregadora, o madre-barredora, o madre-aspiradora, hasta que venía
madre-andá a cagar mamá. ¿Y si probamos escalera mecánica-hija?, sugería no sin
sarcasmo la hija. ¿Y si probamos madre-masticar una mosca pensando que es un
grumo de cocóa?, decía la madre realizando un tibio aporte a la sensatez.
¡Mejor vieja insoportable y fracasada-hija! ¡Nooo, mejor madre-maquinita para
depilarme los pelos del orto! Y así estaban, agresión tras agresión, cuando se vieron sorprendidas por un silbido
en aumento proveniente de la cocina indicando
que el agua se aproximaba a los cien grados centígrados. Vení, vení,
dijo la madre, Acompañame a tomar unos mates así charlamos bien, no como con tu
esposo que solo hablan disparates.

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