El
campamento de Julián.
El
peor antenista que conoció el pueblo fue Teo Bidegáin. Tal vez hubo otros, pero
el pueblo no los conoció. Teo Bidegáin se subió a alrededor de mil doscientas
antenas y arregló solo catorce. Muchos se preguntaban cómo la gente seguía
dándole antenas para reparar… es que era un tipo con mucha onda. Era un caso
inexplicable. Su magnetismo lo llevó a trabajar como gerente de INCA siendo que
era daltónico. Él les conversaba y la gente salía loca de la vida, a veces con
el color que pretendían, a veces no, pero siempre contentos. Un misterio en su
vida era lo que decía en su cédula de
identidad en la parte de observaciones… Dejó
malambo. Pero a Teo Bidegáin esto lo encontraba con mucha tranquilidad y
armonía. Era tan agradable que se dedicó a tranquilizar gallos de riña
retirados. Eran gallos que ya no estaban para la batalla y sus dueños los
derivaban a la condición de mascota. Pero los gallos no sabían sobre
condiciones, ellos eran gallos de riña y reñían, resultando una molestia y una
incomodidad para el normal desarrollo de un hogar. Y fue así que un vecino,
conociendo la capacidad de armonizar lo que tocaba, salvo las antenas, acudió a
Teo Bidegáin para que le tranquilizara el gallo de riña que pensaba donar a su
esposa. Su método de trabajo era único, tanto por lo complejo de las formas, tanto
por su condición de único tranquilizador de gallos de riña. El ponía al gallo
en una jaula, se sentaba frente a él, lo miraba, y le leía de la primera a la última
página la guía telefónica, enterita. Se dice que llegaba a estar tres días
leyendo sin pausas. El gallo quedaba mormoso. Salía hecho una malva
preguntándose cosas. Ahí Teo Bidegáin le ofrecía un choclo y le ponía un DVD de
nado sincronizado, y el gallo miraba, y reconocía los beneficios de la
tranquilidad, con la promesa tácita de no volver a reñir nunca más.

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