De almas sensibles
Concurrir al gabinete higiénico en casa
ajena se sabe una tarea que solo se concreta cuando la naturaleza es
ineludible. Muchos son los elementos que actúan para que uno prefiera navegar
las turbulentas aguas de la incomodidad a
una simple ida al baño. Esta situación fue la que le tocó vivir a Roque en casa
de los padres de su amigovia. En un principio pensó en aguantar y
orinar en su casa, pero ocurrió que la reunión,
al igual que su vejiga, comenzó a extenderse. La cercanía del gabinete higiénico
junto con la delgadez de la puerta, hacían que Roque se
horrorizara al imaginar la escucha del
contacto del orín con el agua del inodoro. Solo un poseedor de un espíritu
sensible sabe de lo que escribo. A todo esto el padre trajo bebidas, a
lo que Roque pensó en huir. Sabía
perfectamente que su cuerpo no soportaría una gota más de líquido. Esto y que
la madre trajera para mostrar su posible libro “Confesiones de un pollo”
hicieron que Roque se armara de valor y
pidiese permiso para concurrir al baño. Al incorporarse, y pareciese que a modo
de castigo, la vida le presentó un segundo miedo, seguro mayor que el primero.
En el hombre las posibilidades de culminar el orin con una flatulencia son
elevadísimas. En el caso de Roque lo probable se tornaba en seguro. Fue así que
ingresó al gabinete, sudando miedo, no sabiendo que hacer. El temor hacía de su
zona
abdominal el albergue de una riña de gatos.
La cabeza de Roque no paraba cuando apareció la siempre salvadora luz en el
camino. - Cuando la ventosidad sea inminente tiraré la cisterna, así un ruido
tapará otro – fue lo tramado por el joven. El orgullo de su idea y la ausencia
de ruido al expeler la orina, producto de un correcto diseño del inodoro,
hicieron que en Roque reinase
una paz, minutos antes impensada. Tan grande
resultó su confort y confianza en el plan que solo al apretar el botón y
desgraciarse leyó el cartel en la cisterna de No funciona.

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