miércoles, 27 de abril de 2016

                     La navidad de las mojarras

          



  Enrico de Bali estaba instalado en la sala de espera de su dentista observando detenidamente las fotos colgadas en la pared. En ellas había dentaduras, parciales unas, completas otras, con sus encías y sus raíces correspondientes. Había niños con sus madres con unas sonrisas envidiables. Había muelas solas de donde salían diferentes flechas que indicaban lugares y nombres; todo era referente a la profesión del responsable de la sala. En ese momento Enrico de Bali recordó que la semana próxima tenía cita con su proctólogo. Al imaginar una posible sala de espera lo invadió cierta inquietud. Esa idea lo llevó a ubicarse en el tema y olvidar sus temores dentales para pasar a otro tipo de miedos. ¿Cómo y quiénes descubrieron que la introducción de un dedo del galeno en el úpite del paciente resultaba positivo a la hora de detectar un mal? Es muy probable que se tratase de dos amantes hombres  con conocimientos de medicina, al menos uno de ellos. No se puede descartar que ese papel lo haya llevado a cabo una mujer, pero las posibilidades son menores por un tema de profesión. Es de destacar la capacidad de atención de quien ejecutó el rol introductor, ya que se trataba de alguien a quien de verdad le gustaba la medicina mas allá de lo sensible. Se debe haber producido un desdoblamiento en esa persona, ya que por un lado tenemos al amante fogoso y desenfrenado, y por otro al investigador atento, sediento de saber, que tocó algo extraño, algo que no estaba el mes pasado y dijo, Opa…¿y esto Ramón? Enrico de Bali quedó satisfecho con su razonamiento y esto se pudo ver en la sonrisa en su cara. Pero la duda se presentó de nuevo, ¿cómo hizo el médico para convencer a su segundo paciente de que tenía un nuevo método de prevención? Imagino hordas de pacientes huyendo en sus bicicletas de los consultorios debido a lo poco ortodoxo de la sugerencia. En eso aparece el dentista y llama a Enrico de Bali para ser atendido, pero este se encontraba en otro mundo. El doctor lo tocó en el hombro y Enrico de Bali se sobresaltó y gritó, ¡No quiero, No quiero!

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