viernes, 22 de abril de 2016

                                La chica ronca
  
                                   

                    
 Mi tío fue el autor de El Cisne de los Lagos, el primer balett quieto de la historia de la danza. Una expresión artística que desconcertó a la crítica de la época. Esta arriesgada propuesta comenzaba con un burro en una pecera y una voz femenina que decía, Rogelio…ya enganché la mojarra en el carro. Pero mujer, contestaba un hombre. Ahí entraban unos ayudantes y retiraban al burro. Volvían a entrar con algo en la mano que resultaba ser la mojarra y la ponían en la pecera. El pescado debía dar la sensación de sed. Se observaba unos instantes al animal desplazarse con mucha comodidad, mientras que por los parlantes sonaba un carro alejándose. Ahí ausencia de luz y una voz femenina que decía, Siempre me gustó venir a hacer zapitos en el lago. Esa simpática secuencia tan particular que consiste en arrojar un objeto, preferentemente plano, lo más paralelo a la superficie del agua posible, y esperar que actúe la fuerza de gravedad y el objeto comience una suerte de rebotes, una y otra vez sobre el agua, logrando así el bienestar de chicos y grandes.  De niña me gustaba hacer zapitos con el jabón de mamá. ¿Con el jabón de tu madre?, preguntaba un hombre. Si, con el jabón en polvo. Ahí sonaba la orquesta anunciando un cambio de clima, y quedaban unos violines bellísimos que hacían de colchón para el desarrollo de la parte del medio del balet. El actor principal, mi tío, se quedaba parado en el centro del escenario. La actriz principal, mi tía, cuando podía, si no alguna de mis primas, se ubicaba sentada en un extremo, y así comenzaba un diálogo feroz:
-         Si llego a ver un cisne en este lago lo bajo de un chumbazo.
-         Pero mirá que sos sorete, ¿qué te hicieron estos animalitos?
-         Una vez me comieron un refuerzo de atún y dulce de leche.
-         ¿Atún y dulce de leche?
-         Era lo único que había en la heladera.
-         Pero te hicieron un favor, deberías estar agradecido.
En eso aparecen unos cisnes volando.
-         Mirá…unos cisnes.
-         Si, que hermosos que son, me amigaré con ellos…¡cisnes!...¡cisnes!
Los cisnes agarran y lo miran, y cuando lo reconocen salen huyendo espantados al grito de, ¡¡Noooo!! ¡¡el del refuerzo, el del refuerzo!!.
Cae el telón.

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